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| *Nota: Josë escribió este artículo originalmente bajo el título: «Levántate, en el Nombre de Cristo» |
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| ¡Levántate!* - Publicaciones Josë Vierã - www.joseviera.com |
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*Nota: El tema «¡Levántate!» ha sido publicado en la revista joseviera.com, edición «Palabras de Vida y Poder», Ref. #JV1404-01. Ordénala hoy mismo, gratis y sin compromiso alguno. |
| Cada ser humano ha experimentado el desánimo, o sea, la pérdida del espíritu, de las fuerzas, y de la esperanza. Es natural que experimentemos desánimo frente a las pruebas y dificultades. A veces se nos va el espíritu (como decimos muchas veces), y ya no tenemos fuerzas para seguir luchando, ni creatividad para poder sobrevivir en medio de las adversidades. Todo esto es muy natural y cada ser humano lo experimenta. Lo que es innatural es permanecer sumido en el desánimo—rendirse frente a los golpes de esta vida y dejarnos destruir por las tormentas que nos azotan a cada momento. Es innatural vivir amargado—completamente derrotado, sin vigor, sin aliento, sin fuerza, sin alegría, y sin esperanza. Vivir de esta forma es como estar en una lenta agonía—que no nos deja morir, pero que tampoco nos deja vivir; es como si algo nos ahogara, apretándonos el cuello. En mi propia vida he experimentado grandes desánimos que me han paralizado al punto de casi destruirme, pero le doy gracias a Dios porque puedo encontrar fuerzas en Jesucristo para combatir victoriosamente el desánimo. La Palabra de Dios dice: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4.13). Por la Palabra de Dios he logrado a comprender que el desánimo no es de Dios. —Cuando el desánimo me controla, no puedo pensar, no puedo esforzarme y no puedo hacer la voluntad de Dios. Cuando el desánimo se apodera de mí, quedo inmovilizado y petrificado—todo lo veo gris y nada tiene belleza; la vida se vuelve fría y solitaria. Y cuando dejo el desánimo entrar en mi corazón, dudo de mi Dios, de Su Palabra y de Su amor. ¡El desánimo es uno de nuestros peores enemigos! ¡No es de Dios! Y cuando reconozco estas cosas, tengo que echarlo fuera de mi vida, en el nombre de Jesucristo. Es muy importante comprender que el desánimo vendrá a cada uno de nosotros. No debemos sentirnos mal porque nos desanimemos, pues, con esta actitud no ayudaremos a resolver el problema, sino que lo agravará más. Lo importante aquí no es el desánimo, ni cómo llegó; sino cómo combatirlo y vencerlo. Con Cristo podemos hacer frente, no sólo al desánimo, sino a cualquier situación de esta vida. Cuando confiamos en Él con todo el corazón, no nos desanimamos. Nuestro problema es que decimos que confiamos en Dios, pero con nuestras acciones damos testimonio de nuestra falta de fe y de nuestra obstinada y terca determinación de hacer las cosas a nuestra manera. |
| Si estamos en las manos de Dios y verdaderamente amamos a Dios, como enseña la Biblia en Romanos 8.28, no nos dejaremos desanimar tan fácilmente. Todo lo que sucede en esta vida tiene un propósito específico y especial para nosotros. Podemos aprender de los sinsabores; podemos ser fuertes en medio de los intensos golpes de las pruebas. Podemos ver la mano de Dios obrando poderosamente a favor de Sus hijos, aún cuando todo a nuestro alrededor se ve oscuro y turbulento. Tenemos que levantarnos en el nombre de Jesucristo. Si todo se derrumba a tu alrededor, levántate en el nombre de Cristo. No mires las turbulentas aguas que azotan tu barca. Confía en Cristo con todo tu corazón. Sus manos santas y poderosas son las únicas que te pueden levantar y sostener cuando te sientas desanimado. Cristo dijo: Os he hablado de estas cosas para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero ¡tened valor; yo he vencido al mundo! (Juan 16.33, RVA). Si te sientes desanimado, clama al Señor inmediatamente, y por nada del mundo permitas que el desánimo controle tu vida. No des tanto énfasis a las cosas negativas; y escudriña la Palabra de Dios en oración, pidiéndole al Señor que te ayude a entenderla y ponerla por obra. Llénate del poder de su Palabra, dejando que el Espíritu Santo la lleve hasta las fibras más intimas de tu ser. No es algo que se logra fácilmente, pero, con la ayuda del Señor se puede alcanzar esta victoria tan necesaria en nuestra vida. Mi oración al Señor es que el lector pueda levantarse en el nombre de Jesucristo: Por lo tanto, fortaleced las manos debilitadas y las rodillas paralizadas (Hebreos 12.12, RVA). |
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