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©®1996-2005 Josë Vierã Publications
Todos los derechos reservados. PO Box 64231, Souderton PA 18964
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Por Julio Arcay*, publicado originalmente en inglés bajo el título “
Free at last!
Editado en inglés por Sara M. Viera y traducido por José M. Viera
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«¡Por fin soy libre; por fin soy libre. Gracias, oh Dios Todopoderoso!»

¡Por fin soy libre! ¡Qué declaración! ¿Será posible afirmar esto hoy? ¡Piénsalo bien! Considerando todos los placeres de este mundo que atraen y engañan y que tienen cautiva a la humanidad, ¿será, pues, posible que alguien sea capaz de hacer semejante proclamación?

¿Qué es la libertad? Cuando se habla de obtener libertad entendemos que primero tiene que haber un estado de esclavitud, o sea, cadenas y ataduras de servidumbre que impiden nuestro crecimiento y desarrollo. Algunos de nosotros en el pasado, y quizá algunos todavía hoy, nos hemos encontrado atrapados o esclavizados a algún tipo de adicción; ya sea el juego (por dinero), la mentira, las enormes deudas, las drogas o algún otro vicio. Es necesario entender que detrás de todas esas adicciones el pecado está ejerciendo su fuerza o influencia, que eventualmente llevan a la condenación eterna. Sólo el maravilloso y admirable poder de Jesucristo nos puede hacer libres de todas las cadenas que atan y esclavizan.

¿Cómo puede uno vivir una vida pura delante de Dios en medio de un mundo saturado de pecado? Encontramos la respuesta a esa pregunta en Romanos 12.2: —“No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por la renovación de su mente. Así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto” (VCP). La idea clave o principal de este versículo está en la palabra “transformar”, que significa “cambiar de forma, apariencia y condición”. Esta transformación milagrosa es posible únicamente cuando nos rendimos completamente en sumisión a la voluntad de Dios, por medio de la obediencia a Su Palabra, la Biblia. Someternos a Dios no siempre es algo fácil, pero siempre vale la pena hacerlo. Leemos en Jeremías 29.11 — “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros”, declara el Señor, “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. Esto no quiere decir que no vendrán adversidades cuando nos sometemos a la voluntad de Dios, sino que es un recordatorio de que no importa la circunstancia por la que pasemos, Dios está en pleno control. Hay momentos en que Dios permite las pruebas y las tribulaciones en nuestra vida para moldearnos conforme a Su perfecta voluntad y plan divino.

Hoy puedo testificar acerca de mi experiencia, sobre esa maravillosa libertad y transformación, que son el resultado del admirable poder de nuestro amoroso Dios. Yo también, en un tiempo, estuve atado y encadenado por los pecados que habían en mí. Aun siendo cristiano, muchas veces me encontré atado a cosas de mi pasado que restringían o limitaban mi diario caminar con Cristo. La verdad es que Satanás, nuestro enemigo, muchas veces usa nuestro pasado para avergonzarnos y hacernos sentir que Dios no nos puede amar. Cuando escuchamos esas mentiras del diablo perdemos las bendiciones que Dios tiene para nosotros en el presente. Dios me ha iluminado y me ha enseñado por Su Palabra que lo que yo tengo que hacer es confiar en Sus promesas. “Con esto no quiero decir que sea perfecto. Todavía no lo he aprendido todo, pero continúo esforzándome para ver si llego a ser un día lo que Cristo, al salvarme, quiso que fuera. No, hermanos, todavía no soy el que debo ser, pero eso sí, olvidando el pasado, y con la mirada fija en lo que está por delante” (Filipenses 3.12-13).

Dios me ha enseñado una lección muy valiosa y es mi obligación compartirla con todos; esto es: debemos dejar de perder tiempo en lamentarnos por el pasado. La voluntad de Dios es que seamos libres, que tengamos amor, gozo y paz en el momento en que rendimos nuestra voluntad a Él. Entonces tú también podrás decir: ¡Por fin soy libre; por fin soy libre. Gracias, oh Dios Todopoderoso!

Publicado por Publicaciones Josë Vierã en la revista JV1103-10: «¿Por qué sigo escribiendo
*Nota: El autor, Julio Arcay, es mi cuñado, un gran amigo, y hermano en la fe.
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