Siempre he creído que es mi responsabilidad individual de estar informado. No puedo ni debo depender de la opinión de otras personas para formular las mías. Aplico este principio tanto a lo espiritual como a lo intelectual o secular. Con esto NO estoy diciendo que la enseñanza de otros es inválida ni cosa semejante. Al contrario, aprendo mucho de otros, especialmente de los maestros, y de los predicadores de la Palabra de Dios. Sin embargo, no soy un papagayo que se limita a repetir todo lo que se nos dice o enseña desde los púlpitos. ¡Tengo que asegurarme (así como lo hacían los hermanos de Berea*), de que estoy recibiendo la Palabra de Dios y no meramente la opinión del hombre! (*vea Hechos 17.10-11).
Creo que hay un enorme beneficio y un tremendo poder cuando se nos da las herramientas necesarias para estar bien informados. Para mí, la Biblia es la fuente más fiel de información y puedo creer y confiar en sus palabras porque ellas me dan vida y me llevan al conocimiento perfecto y admirable de mi Dios y Salvador Jesucristo. A la misma vez creo que Dios todavía usa a hombres y mujeres hoy para comunicarnos valiosa información a través de mucha literatura cristiana que es de gran beneficio. Por supuesto, tengo que ejercer más cuidado al examinar la literatura de hoy, siempre aplicando el principio bíblico de 1 Tesalonicenses 5.21, que dice: «Examinadlo todo; retened lo bueno». Por eso, he preparado estas páginas en las cuales examino ciertas obras literarias. Invito al lector a que estudie y examine estas obras y que formule su propia opinión sobre las mismas. ¡No perdemos nada con hacerlo! |