A ningún ser humano le gusta vivir engañado. Y así precisamente viven los que piensan que después de la muerte no hay nada más. ¡Qué equivocados están! Vivir esta vida sin pensar en la eternidad que nos espera es desperdiciar la única oportunidad que Dios le da a cada ser humano.
Apreciado lector, ¿se encuentra usted preparado si hoy fuese su día de morir? ¿Sabe usted a dónde irá después de la muerte? Estas son preguntas muy importantes como para ignorarlas.
Jesucristo es el único que puede asegurar nuestro futuro. En la cruz del Calvario, murió por los pecadores para darles vida en abundancia (Romanos 5:6,8; 8:34; 1 Corintios 15:3-4; 2 Corintios 5:15). Al confesar nuestros pecados a Cristo y aceptarle como el Salvador y Señor de nuestra vida, obtenemos la salvación y el perdón de nuestros pecados (Mateo 10:32; Romanos 10:8; 1 Juan 1:9). Y si la muerte nos llegara a visitar, podemos recibirla con seguridad, gozo y alegría. Los que parten de este mundo en Cristo, vivirán eternamente con el Señor.
Nuestra oración a Dios es que el lector pueda comprender la importancia de vivir una vida victoriosa en Cristo Jesús. La Biblia dice que ocuparse en las cosas de la carne es muerte, según Romanos 6:23; 8:5-13. Hay muchas personas que no quieren saber del Evangelio porque están muy ocupados y entretenidos en las cosas carnales de este mundo: ¡están trabajando para su propia muerte! Es una lamentable tragedia desperdiciar toda la vida en las cosas del mundo sin pensar en las consecuencias que éstas traen. Todo ser humano tendrá que dar cuentas a Dios de su vida (Romanos 14:12; Hebreos 4:13; 1 Pedro 4:5, Eclesiastés 12:14).
Rechazar el mensaje de Dios y el Evangelio de Jesucristo es un grave y peligroso pecado (Hebreos 2:3; 12:25). Y como ninguno de nosotros sabe cuanto tiempo ha de vivir, es imperativo que se preste más atención al mensaje que recibimos hoy (Hebreos 3:7,8, 13,15; Santiago 4:13,14). No pierdas la única oportunidad que se te ha dado en esta vida. ¡Acépta a Cristo como tu Salvador hoy!
La palabra de Dios es muy clara en cuanto a la muerte y lo que hay después de esta. El que muere en Cristo va a la presencia de Dios. Y el que muere sin Cristo irá al eterno tormento del infierno y del lago de fuego, y a la horrenda separación de Dios por toda una eternidad (Apocalipsis 20:14,15; 21:8).
¿Cómo un Dios de amor puede echar a sus criaturas al infierno por toda una eternidad? Es muy importante que comprendamos que Dios no preparó el infierno para el hombre sino para el diablo y sus ángeles que se rebelaron contra él (Mateo 25:41; 2 Pedro 2:4; Judas 6). Sin embargo, el ser humano necesita renunciar al pecado y a la rebelión contra Dios--y aceptar el único sacrificio que nos justifica ante Dios (Romanos 5:1). Cristo es el único que puede perdonar nuestros pecados: Su muerte y resurrección son el sello de esa garantía. No hay otra puerta, no hay otro camino, y no hay otra verdad (Juan 14:6).
Amigo que lees este artículo: ¡pon tu vida en las manos de Aquel que puede garantizar tu eterno destino de dicha y felicidad. Con Cristo en el corazón podemos hacerle frente a la muerte con una sonrisa en nuestros labios. La otra realidad es muy diferente: Sin Cristo en el corazón estamos perdidos y no hay escapatoria del eterno sufrimiento y de la horrenda separación de Dios en el lago de fuego.
Cristo preparó el camino y con Su muerte garantizó nuestra paz y comunión mediante el derramamiento de Su inmaculada sangre. Lo único que le resta al lector hacer es creer y aceptar lo que Cristo ha hecho (Hechos 16:31). ©®2005 Josë Vierã Publications PO Box 64231 - Souderton PA 18964 USA |