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| Escrito por José M. Viera ©®1996-2005 Todos los derechos reservados. ALL rights reserved. |
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| Por varios meses, un creyente de otra congregación, insistía en que yo visitara su iglesia. En el trabajo me extendía la invitación, y varias veces llamó a mi hogar, dejando mensajes, "de que yo tenía que congregarme en su iglesia, porque eso era lo que Dios esperaba de mí". Como siempre, traté por todos los medios de ser diplomático y no faltarle el respeto (aunque ya el me estaba faltando el respeto). Traté de explicarle (sin éxito alguno) que yo estaba muy contento en la iglesia donde me congrego y que no veía ninguna necesidad de dejarla por otra. Él no podía ni quería entender esto. Según él, la voluntad de Dios era que yo me congregara en su iglesia. Como todos sabemos, todas las cosas tienen su fin, y mi paciencia con este individuo también estaba llegando a su fin. Le oraba al Señor para que me ayudara en esta situación, porque no quería ofender a mi hermano. Después de un tiempo, Dios me dio la salida, contestando mi petición. Dios me abrió las puertas para tratar esta situación y me dio las palabras para hacerle ver a mi hermano su error. El resultado final fue un éxito para ambos. Yo le expliqué que como cristianos estamos llamados a evangelizar a los inconversos. Ellos son los que necesitan el mensaje de salvación. Tratar de evangelizar o convertir a otros cristianos no es el llamado que Dios nos ha hecho. |
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| Hoy día, la visión de muchos cristianos se ha opacado un poco. Queremos llenar nuestros templos con otros cristianos, en vez de evangelizar nuestra comunidad inconversa. Años atrás se realizaba una campaña evangelística y la iglesia se movilizaba en la comunidad, buscando a inconversos, y el templo se llenaba de personas inconversas, donde tenían la oportunidad de escuchar el mensaje de salvación. Y como la visión se ha perdido un poco, pensamos que debemos llenar el templo con otros creyentes, y muchas veces en el proceso, usamos tácticas no muy cristianas (algo que estaré abundando más adelante en este artículo). La congregación que no evangeliza a su comunidad inconversa está destinada al estancamiento; no crecerá y menguará hasta el punto de correr gran peligro, o sea, el peligro de que un día tenga que cerrar sus puertas. "¿Cómo va a ser?", dirán algunos, "la iglesia es del Señor". Es cierto, la iglesia es del Señor, pero si no cuidamos de la congregación local y si no evangelizamos nuestra comunidad inconversa, nuestra iglesia no crecerá y un día podrá cerrar sus puertas para siempre. Hace poco escuché la triste noticia de una iglesia grande, en la ciudad, con más de 100 años de historia, pero que estaba anunciando su último culto en el templo. Esa iglesia en un tiempo había sido muy grande y poderosa; y no tenía espacio en sus pasillos para acomodar a todas las personas que llegaban a los cultos. Trabajaban arduamente en la comunidad, y el fruto de su trabajo era evidente. Sin embargo, olvidaron su objetivo y misión como iglesia, y se conformaron con tener el templo lleno de creyentes, y se olvidaron de la comunidad en que vivían. Como sabemos, los miembros vienen y se van; otros llegan a la vejez y mueren; otros se enfrían, se apartan, o se quedan innactivos en la congregación. No tengo que seguir explicando, ya todos podemos ver el cuadro que he presentado. |
| El punto principal es que si la congregación local no invierte tiempo y recursos en la evangelización de los inconversos, tarde o temprano pagará un precio alto por su falta de responsabilidad, y el resultado es que la iglesia mengua; o sea, no crece. | >>> Parte 2 aquí | |
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