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2016 Jose Viera Publications
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Escrito por José M. Viera
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"¿Por qué no eres más como tu hermano?", le dice una madre a su hijo,
frustrada por el comportamiento de su hijo. El hijo recibe esas palabras con
resentimiento, y dolorosamente llega a la conclusión de que su madre lo está
comparando con su hermano. Se siente herido, triste, y frustrado; llega a
pensar que de la única manera en que puede ser aceptado es: "¡si es más
como su hermano!" Este es un grave error que cometen muchos padres (y en
muchos casos no es intencional); sin embargo, sigue siendo un error que va
marginando la vida de sus hijos. Ellos llegan a pensar, en muchos casos, que
de la única manera en que serán amados y aceptados, es cuando "dejan de
ser ellos mismos" para "ser más como sus otros hermanos". Así surge la
fricción y un espíritu de competencia no muy saludable, que poco a poco va
destruyendo la vida, el corazón y el espíritu humano.

Para ser bien claro y directo, la parcialidad es "cuando una persona se va
siempre de parte de otra persona o asunto, ignorando la neutralidad o la
rectitud de juicio". Hay momentos en que no debemos ser neutrales sino que
debemos actuar decisivamente, o sea, que no haya dudas de nuestra posición.
Pero nuestra mente no debe estar nublada en cuanto a la realidad de las
cosas. Por ejemplo: "Un joven que hace diabluras (o travesuras), y todo el
mundo lo sabe —excepto los padres", ya que éstos han cerrado sus ojos a las
travesuras. Y el joven sigue haciendo sus diabluras frente a sus padres y ellos
lo ven como "un angelito". Eso es ser parcial, o sea, darle siempre la razón al
que no la tiene (y en este caso, al hijo cometiendo las diabluras). Este tipo de
parcialidad no es bueno y nunca trae buenos resultados.

"El preferido... la preferida", es el mensaje que Dios me ha inquietado a
escribir para hoy. Las raíces de estas palabras salen del capítulo 37 de
Génesis. Allí leemos la historia del "preferido", o sea, José, el hijo de Jacob:
«José, el hijo de Jacob, tenía diecisiete años. Su trabajo consistía en apacentar
los rebaños de su padre... en compañía de sus medios hermanos. Pero José le
informaba a su padre algunas de las maldades que éstos hacían. Israel amaba
más a José que a sus otros hijos, porque José había nacido en su vejez. Un día
Jacob le hizo un regalo especial: una túnica brillante de colores. Los hermanos
notaban la parcialidad de su padre y como consecuencia odiaban a José.
Desde entonces no le podían hablar en buena forma» (versos 2-4, La Biblia Al
Día).

Cualquiera que está familiarizado con la historia de José y sus hermanos
pudiera muy fácilmente ignorar o pasar por alto la parcialidad de Jacob. Es
muy fácil ver y entender que Dios estaba realizando una obra gloriosa en la
vida de José, y que Dios tenía grandes planes para su vida. Esto lo podemos
ver todos. Sin embargo, nada de esto justifica "la parcialidad" de Jacob.
Claramente la Biblia dice que, Jacob amaba a José más que a sus otros hijos.
Jacob siempre se iba de parte del "preferido", y los hermanos lo notaban. La
parcialidad nunca es invisible: siempre se nota. Los hermanos de José se
sentían como personas de "segunda clase", y ese sentimiento los llevó a odiar
al "preferido". Todos conocemos las terribles consecuencias de esa parcialidad
en la familia de Jacob. ¡La parcialidad nunca trae buenos resultados!

Jacob amaba a José más que a sus otros hijos porque éste le nació en su
vejez, de la mujer que él verdaderamente amaba. Sin embargo, Jacob mismo
en su propia vida había experimentado lo que era ser "el preferido" y  ser
solamente "el otro hijo" (el de segunda clase). Parece que no aprendió nada
de su dolorosa experiencia, porque él mejor que nadie debía haber
comprendido acerca de las malas consecuencias que trae la parcialidad. La
Biblia nos relata en Génesis 27, que Jacob era el hijo preferido o favorito de
Rebeca; y que su padre Isaac tenía por preferido o favorito a su hermano,
Esaú (vea los versos 27-28). Esta familia fue prácticamente dividida y
destruida simplemente por la parcialidad de los padres y el resentimiento que
sentían los hermanos.

Este mensaje es simple y claro: Dios no hace acepción de personas (Romanos
2.11; Efesios 6.9; Santiago 2.1; 2.9; 1 Pedro 1.17). La frase: "acepción de
personas" (quiere decir, según el diccionario), "la preferencia arbitraria de
unos sobre otros". En el pueblo de Dios no debe existir la parcialidad ni el
favoritismo. Dios no se agrada de esas actitudes porque éstas son destructivas
y divisorias. El favoritismo se muestra por medio de las palabras, las
comparaciones y las actitudes. Y los resultados siempre son los mismos:
¡resentimiento!

En el pueblo de Dios no deben haber grupitos de "preferidos o preferidas".
Todos somos iguales delante de Dios; y aunque seamos diferentes, Dios nunca
tiene ni tendrá "preferidos ni preferidas". Una posición en la iglesia no nos
hace más grandes o mejores; seguimos siendo iguales delante de Dios. Las
comparaciones entre hermanos e iglesias es una forma de parcialidad que trae
resentimiento y división. Es triste cuando el juicio es nublado por la parcialidad
o el favoritismo; o sea, cuando condenamos y criticamos las faltas de algunos;
y alabamos a otros que hacen precisamente lo mismo. Dios no es ciego, y Él
está mirando, y dice: "¿Es que acaso crees que Dios juzgará y condenará a los
demás y te perdonará a ti que haces las mismas cosas?" (Romanos 2.3, La
Biblia Al Día).

Una de las prioridades que debemos tener en el pueblo de Dios (en el trato
con nuestros hermanos), es que todos se sientan amados, respetados,
aceptados e importantes. Todos somos iguales e importantes: eso lo sabemos.
Pero, ¿lo vivimos? ¿lo manifestamos cuando nos relacionamos con nuestros
hermanos? Vivimos vidas espirituales saludables y libres cuando ninguno se
hace más grande ni se siente más importante; y cuando en la iglesia echamos
fuera toda parcialidad, comenzando desde el liderazgo hasta la última persona
de la congregación. Recordemos esta verdad: Dios no tiene "preferidos ni
preferidas"; tampoco los tengamos nosotros.
w w w . j o s e v i e r a . c o m
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