"¿Por qué no eres más como tu hermano?", le dice una madre a su hijo, frustrada por el comportamiento de su hijo. El hijo recibe esas palabras con resentimiento, y dolorosamente llega a la conclusión de que su madre lo está comparando con su hermano. Se siente herido, triste, y frustrado; llega a pensar que de la única manera en que puede ser aceptado es: "¡si es más como su hermano!" Este es un grave error que cometen muchos padres (y en muchos casos no es intencional); sin embargo, sigue siendo un error que va marginando la vida de sus hijos. Ellos llegan a pensar, en muchos casos, que de la única manera en que serán amados y aceptados, es cuando "dejan de ser ellos mismos" para "ser más como sus otros hermanos". Así surge la fricción y un espíritu de competencia no muy saludable, que poco a poco va destruyendo la vida, el corazón y el espíritu humano.

Para ser bien claro y directo, la parcialidad es "cuando una persona se va siempre de parte de otra persona o asunto, ignorando la neutralidad o la rectitud de juicio". Hay momentos en que no debemos ser neutrales sino que debemos actuar decisivamente, o sea, que no haya dudas de nuestra posición. Pero nuestra mente no debe estar nublada en cuanto a la realidad de las cosas. Les puedo dar otro ejemplo: "Un joven que hace diabluras (o travesuras), y todo el mundo lo sabe --menos los padres", ya éstos han cerrado sus ojos a las travesuras. Y el joven sigue haciendo sus diabluras frente a sus padres y ellos lo ven como "un angelito". Eso es ser parcial, o sea, darle siempre la razón al que no la tiene (en este caso, al hijo cometiendo las diabluras). Este tipo de parcialidad no es bueno y nunca trae buenos resultados.

"El preferido... la preferida", es el mensaje que Dios me ha inquietado a escribir para hoy. Las raíces de estas palabras salen del capítulo 37 de Génesis. Allí leemos la historia del "preferido", o sea, José, el hijo de Jacob: «José, el hijo de Jacob, tenía diecisiete años. Su trabajo consistía en apacentar los rebaños de su padre... en compañía de sus medios hermanos. Pero José le informaba a su padre algunas de las maldades que éstos hacían. Israel amaba más a José que a sus otros hijos, porque José había nacido en su vejez. Un día Jacob le hizo un regalo especial: una túnica brillante de colores. Los hermanos notaban la parcialidad de su padre y como consecuencia odiaban a José. Desde entonces no le podían hablar en buena forma» (versos 2-4, La Biblia Al Día).

Cualquiera que está familiarizado con la historia de José y sus hermanos pudiera muy fácilmente ignorar o pasar por alto la parcialidad de Jacob. Es muy fácil ver y ententer que Dios estaba realizando una obra gloriosa en la vida de José, y que Dios tenía grandes planes para su vida. Esto lo podemos ver todos. Sin embargo, nada de esto justifica "la parcialidad" de Jacob. Claramente la Biblia dice que, Jacob amaba a José más que a sus otros hijos. Jacob siempre se iba de parte del "preferido", y los hermanos lo notaban. La parcialidad nunca es invisible: siempre se nota. Los hermanos de José se sentían como personas de "segunda clase", y ese sentimiento los llevó a odiar al "preferido". Todos sabemos a la profundidad que ese odio los llevó. La parcialidad nunca trae buenos resultados.


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El preferido, la preferida...
«La parcialidad nunca trae buenos resultados»
Jacob amaba a José más que a sus otros hijos porque éste le nació en su vejez, de la mujer que él verdaderamente amaba. Sin embargo, Jacob mismo en su propia vida había experimentado lo que era ser "el preferido" y  ser solamente "el otro hijo" (el de segunda clase). Parece que no aprendió nada de su dolorosa experiencia, porque él mejor que nadie debía haber comprendido acerca de las malas consecuencias que trae la parcialidad. La Biblia nos relata en Génesis 27, que Jacob era el hijo preferido o favorito de Rebeca; y que su padre Isaac tenía por preferido o favorito a su hermano, Esaú (vea los versos 27-28). Esta familia fue prácticamente dividida y destruida simplemente por la parcialidad de los padres y el resentimiento que sentían los hermanos.

El mensaje es simple y claro: Dios no hace acepción de personas (Romanos 2.11; Efesios 6.9; Santiago 2.1; 2.9; 1 Pedro 1.17). La frase: "acepción de personas" quiere decir, según el diccionario, "la preferencia arbitraria de unos sobre otros". En el pueblo de Dios no debe existir la parcialidad ni el favoritistmo. Dios no se agrada de esas actitudes porque éstas son destructivas y divisorias. El favoritismo se muestra por medio de las palabras, las comparaciones y las actitudes. Y los resultados siempre son los mismos: ¡resentimiento!

En el pueblo de Dios no deben haber grupitos de "preferidos o preferidas". Todos somos iguales delante de Dios, y aunque seamos diferentes, Dios nunca tiene ni tendrá "preferidos ni preferidas". Una posición en la iglesia no nos hace más grandes o mejores; seguimos siendo iguales delante de Dios. Las comparaciones entre hermanos e iglesias es una forma de parcialidad que trae resentimiento y división. Es triste cuando el juicio es nublado por la parcialidad o el favoritismo; o sea, cuando condenamos y criticamos las faltas de algunos; y alabamos a otros que hacen precisamente lo mismo. Dios no es ciego, y Él está mirando, y dice: "¿Es que acaso crees que Dios juzgará y condenará a los demás y te perdonará a ti que haces las mismas cosas?" (Romanos 2.3, La Biblia Al Día).

Una de las prioridades que debemos tener en el pueblo de Dios (en el trato con nuestros hermanos), es que todos se sientan amados, respetados, aceptados e importantes. Todos somos iguales e importantes: eso lo sabemos. Pero, ¿lo vivimos? ¿lo manifestamos cuando nos relacionamos con nuestros hermanos? Vivimos vidas espirituales saludables y libres cuando ninguno se hace más grande ni se siente más importante; y cuando en la iglesia echamos fuera toda parcialidad, comenzando desde el liderazgo hasta la última persona de la congregación. Recordemos esta verdad: Dios no tiene "preferidos ni preferidas"; tampoco los tengamos nosotros.
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