Cuando el mensaje del Evangelio es predicado, es rechazado por algunos y recibido por otros; hace que algunos se ofendan y se enojen; y lleva bendición a los que con gozo lo aceptan. ¡Si no es una, es la otra!
Si hubo alguien que hablaba con amor profundo, ése fue Jesús. De todas maneras, hubieron personas que se ofendieron por Su doctrina y le dejaron de seguir. Ellos encontraron que las palabras de Jesús eran muy duras y ofensivas. Los discípulos de Jesús se quejaron de esto al Maestro. Para sorpresa de todos, Jesús les dice: ¿Quieren irse ustedes también? Aquí vemos que a Jesús no le importaba tanto la cantidad de discípulos sino la calidad de discípulos. Vemos que en ningún momento Jesús cambió Su mensaje, sino que se mantuvo firme en Su misión de hablar solamente lo que recibía del Padre (Juan 7.16,17).
En Proverbios 4.22,23 leemos que las palabras de Dios son medicina para el alma. Cuando la medicina es aplicada a una llaga, causa mucho dolor; así es la Palabra de Dios aplicada al corazón. La Palabra de Dios cura las llagas del alma, así como la medicina cura una llaga cuando es aplicada correctamente. La Palabra de Dios es más cortante que toda espada de dos filos (Hebreos 4.12); traspasa el alma y causa dolor, pero esa misma Palabra tiene poder para sanar las heridas del corazón y salvar al que acepta Su mensaje (1 Timoteo 4.16).
Rechazar el mensaje de la Palabra de Dios y enojarnos con Sus mensajeros, significa lo mismo que decirle al Maestro: Jesús, no hables así... Si queremos vivir, tenemos que escuchar atentamente a nuestro Dios. En 2 Timoteo 4.13 se nos habla de una de las señales de los últimos días. Muchos rechazarían la Palabra de Dios para escuchar las mentiras de las tinieblas. Es mejor que nos sometamos a Su Palabra, porque como dijo Pedro: ¿A quién iremos? Pues, sólo Cristo tiene palabras de Vida. |